8 de junio de 2017.- Ayer al llegar al hotel cenamos en el restaurante Canvas. Yo, por fin pude tomar una sopa borsch de remolacha (ya dije que en los menú, siempre hay una sopa pues tomar sopa en, al menos una comida diaria, es costumbre muy extendida en Rusia y a mi, especialmente, se me puede atribuir el adjetivo de muy sopera. De segundo me partí con Sònia (una de las mamás) un ossobuco muy tierno y gustoso.
Como cosa curiosa decir que mientras cenábamos salieron los camareros y cocineros para pedirme autógrafos y hacerse fotos conmigo. Mis viajeros no dejan de sorprenderse de lo conocida que soy en Rusia. Pero es que lo de los magníficos carteles en las oficinas de reclutamiento que han visto miles de chicos de 18 años, su familia, sus amigos o su novia que entraban en primavera al servicio militar obligatorio que me han dado el apodo de Novia de Rusia, también me ha dado una fama que nunca hubiera tenido con mis trabajos normales

Hacia las once Nástya y yo nos llevamos los niños a mi suite del hotel (tengo una gran suite de tres habitaciones y aquí dormiremos los niños y yo) mientras los papás y las mamás se quedaron en un bar que a las doce, cuando debería ser medianoche hay una claridad que destaca la silueta de la ciudad contra el cielo enrojecido por este anochecer/amanecer, dan una copa de champagne a los clientes que aun están.

Esta mañana, con un minibús que nos han cedido en el hotel (no tan mini pues tiene unos 20 asientos) vamos a Peterhof, comeremos por allí y después, con mi amigo Pavel (oficial de marina artillero experto en missiles) que conocí en Kaliningrado en 2010, visitaremos la base y astilleros de Kronstad para luego regresar al hotel y espero que nos de tiempo para un paseo a pie por el centro de la ciudad de San Petersburgo.
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